sábado, 14 de septiembre de 2019

sigue (y 4) Blanchot EL HABLA COTIDIANA, CONCLUSIÓN EN FORMA DE DIÁLOGO

(Inaccesible, aunque otros temas se tocan con agudeza en el ensayo, paso al final paradójico de hace 50 años)

No es lo implícito (de lo que la fenomenología hace mucho uso); ciertamente, siempre está ya ahí, pero el hecho de que esté ahí no verifica su cumplimiento: al contrario, siempre incumplido en su realización misma que ningún acontecimiento, por importante, por insignificante que sea, podrá producir.

Así es lo confuso cotidiano. Parece ocupar toda la vida, no tiene límites y contagia de irrealidad cualquier otra vida. Pero hete ahí que surge una luz. , «Algo se enciende, aparece como un relámpago en los caminos de la banalidad ... es el azar, el gran instante, el milagro.» Y el milagro «penetra de un modo imprevisible en la vida ... sin relación con lo demás, transformando el conjunto en una cuenta clara y sencilla.» (Lukacs)

Por su estallido, separa los momentos indistintos de la vida diaria, suspende los matices, interrumpe las incertidumbres y nos revela la verdad trágica, esa verdad absoluta y absolutamente dividida, cuyas dos partes nos solicitan contradictoriamente sin descanso, cada una de ellas exigiendo todo de nosotros y a cada instante.

- "¿Entonces lo cotidiano no sería una utopía, el mito de una existencia privada de mito? No tenemos ya acceso a lo cotidiano que no tocamos en ese momento de la historia que podría, históricamente, representar el final de la historia.

- Esto puede decirse, en efecto, pero con otra apertura de sentido: lo cotidiano es lo inaccesible a lo que ya siempre hemos tenido acceso. Lo cotidiano es inaccesible, pero sólo por cuanto que cualquier forma de acceso le es ajeno. Vivir cotidianamente es mantenerse en un ámbito de la vida que excluye la posibilidad de un comienzo, es decir, de una acceso. La experiencia cotidiana pone radicalmente en tela de juicio la exigencia inicial. La idea de creación es inaceptable, cuando se trata de dar cuenta de la existenca tal como la lleva consigo la cotidianeidad.

- Dicho de otro modo, la existencia cotidiana nunca tuvo que ser creada. Esto es lo que quiere decir precisamente la expresión: hay lo cotidiano. Incluso si se impusiera la afirmación de un Dios creador, el hay (lo que ya hay cuando todavía no hay el ser, lo que todavía hay cuando no hay nada) seguiría siendo irreducible al principio de la creación; y el hay es lo cotidiano humano.

-Lo cotidiano es nuestra parte de eternidad. La eter-nulidad de la que habla Laforgue. De modo que el Padre Nuestro sería una oración secretamente impía: danos nuestro pan de cada día, nuestro pan cotidiano, danos vivir según la existencia cotidiana que no deja sitio para una relación entre Creador y criatura. El hombre cotidiano es el más ateo de los hombres. Es de tal índole que ningún Dios podría tener relación con él. Y así se entiende cómo el hombre de la calle escapa de toda autoridad, ya sea política, moral o religiosa.

-Es que, dentro de lo cotidiano, ni nacemos ni morimos. De ahí el peso Y la fuerza enigmática de la verdad cotidiana.

-En cuyo espacio, sin embargo, no hay ni lo verdadero ni lo falso.

Maurice Blanchot
LA CONVERSACIÓN INFINITA
(Cap. El habla cotidiana)
Arena Libros 2008
(original Eds. Gallimard 1969)


miércoles, 11 de septiembre de 2019

sigue (3) Blanchot EL HABLA COTIDIANA (PARECE SIN SUJETO: EL HOMBRE CUALQUIERA)

(Aborda la serie el sujeto, su ausencia, su anonimato, como "hombre cualquiera", nulo, sin trascendencia) 

Lo cotidiano se escapa. ¿por qué escapa? Porque no tiene sujeto. Cuando vivo lo cotidiano, es el hombre cualquiera quien lo vive, y el hombre cualquiera no es propiamente hablando yo ni propiamente hablando el otro, no es ni uno ni otro, y es uno y otro en su presencia intercambiable, su irreciprocidad anulada, sin que, por eso, haya aquí un «Yo» y un «alter ego» que puedan dar lugar a un reconocimiento dialéctico.

No pasa nada, tal es lo cotidiano, pero ¿cuál es el sentido de este movimiento inmóvil? ¿En qué ámbito se sitúa ese «no pasa nada»? ¿Para quién «no pasa nada», si, para mí, necesariamente siempre pasa algo? En otros términos, ¿cuál es el «Quién» de lo cotidiano? Y, al mismo tiempo, ¿por qué, en ese «no pasa nada», reside la afirmación de que algo esencial estaría admitido que pasara?

Al mismo tiempo, lo cotidiano no pertenece a lo objetivo: vivirlo como aquello que podría vivirse mediante una serie de actos técnicos separados (representados por la aspiradora, la lavadora, el refrigerador, el aparato de radio, el automóvil) es sustituir por una suma de acciones parciales esta presencia indefinida, ese movimiento unido ( que, sin embargo, no es un todo) por el cual estamos continuamente, aunque en el modo de la discontinuidad, en relación con el conjunto indeterminado de las posibilidades humanas.

Lo cotidiano es el movimiento por el cual el hombre se retiene como sin saberlo en el anonimato humano. En lo cotidiano, no tenemos nombre, poca realidad personal, apenas una figura, del mismo modo que no tenemos determinación social para sostenernos o encerrarnos: ciertamente, yo trabajo cotidianamente, pero, en lo cotidiano, no soy un trabajador que pertenezca a la clase de los que trabajan; lo cotidiano del trabajo tiende a retirarme de esa pertenencia a la colectividad del trabajo que funda su verdad, lo cotidiano disuelve las estructuras y deshace las formas, aunque formándose de nuevo sin cesar por detrás de la forma que insensiblemente ha arruinado.

Naturalmente, lo cotidiano, puesto que no puede asumirlo un sujeto verdadero (cuestionando incluso la noción de sujeto), tiende sin cesar a entorpecerse en cosas.
El hombre cualquiera se presenta como el hombre medio para quien todo se aprecia en términos de sentido común. Lo cotidiano entonces es el medio donde, como lo observa Lefebvre, alienaciones, fetichismos, cosificaciones producen todos sus efectos.

Quien, trabajando, no tiene más vida que lo cotidiano de la vida, es también aquel para quien lo cotidiano es lo más pesado; Pero si se queja de ello, se queja del peso de lo cotidiano en la existencia, y al punto se le contesta:"lo cotidiano es lo mismo para todos", como el Danton de Büchner: "no hay apenas esperanza de que esto cambie nunca".

No hay que dudar de la esencia peligrosa de lo cotidiano, ni de aquel malestar que nos embarga, cada vez que, por un salto imprevisible, nos apartamos de ello y, manteniéndonos frente a ello, descubrimos que nada preciso nos hace frente: «¿Cómo? ¿ Es esto la vida cotidiana?»

No sólo no habría que dudar de ella, sino que no hay que temerla, más bien habría que intentar rescatar la secreta capacidad destructora que está allí en juego, la fuerza corrosiva del anonimato humano, el desgaste infinito.

El héroe, a pesar de ser un hombre de valor, es aquel que le tiene miedo a lo cotidiano y lo teme, no porque tema vivir allí demasiado a sus anchas, sino porque teme confrontar lo más temible: un poder de disolución. Lo cotidiano recusa los valores heroicos, pero sucede que recusa todavía más todos los valores y la idea misma de valor, arruinando siempre de nuevo la diferencia abusiva entre autenticidad e inautenticidad.

La indiferencia periodística se sitúa en un ámbito donde la cuestión del valor no se plantea: hay lo cotidiano (sin sujeto, sin objeto) y mientras lo hay, el «él» cotidiano no tiene por qué valer y si el valor, pese a ello, pretende intervenir, entonces «él» no vale «nada», y «nada » vale en contacto con «él».

Vivir la experiencia de la cotidianeidad es ponerse a prueba del nihilismo radical que es como su esencia y por el cual, en el vacío que lo anima, no deja de contener el principio de su propia crítica.

Maurice Blanchot
LA CONVERSACIÓN INFINITA
(Cap. El habla cotidiana)
Arena Libros 2008
(origen Eds. Gallimard 1969)

(Las magníficas viñetas de El Roto
se comentan solas y sus vertientes
metafóricas son tantas que iluminan
los pasos de esta serie de interés
filosófico-sociológico con 50 años)


martes, 10 de septiembre de 2019

sigue (2) Blanchot EL HABLA COTIDIANA (MIRÓN DE IMÁGENES: ADORMECIMIENTO FRENTE A LOS MEDIOS MASIVOS DE INFORMACIÓN)

(siguiendo la serie de este HABLA COTIDIANA ahora se aborda otro tema crucial que también sorprende ya anunciado hace 50 años)

Sean cuales fueren sus aspectos, lo cotidiano tiene este rasgo esencial: no se deja aprehender.

Se escapa, pertenece a la insignificancia, Y lo insignificante carece de verdad, de realidad, de secreto, pero es quizá también el lugar de toda significación posible. Lo cotidiano se escapa. En esto es en lo que es extraño, lo familiar que se descubre (pero ya se disipa) bajo las especies de lo sorprendente.

Es lo desapercibido, en el sentido en que la mirada siempre lo ha sobrepasado siempre y tampoco puede introducirlo en un conjunto o pasarle revista, es decir, encerrarlo en una visión panorámica; puesto que, por otro rasgo distinto, lo cotidiano es lo que no vemos nunca por primera vez, sino que sólo podemos volverlo a ver, ya siempre merced a una ilusión que es precisamente constitutiva de lo cotidiano.

De allí la exigencia -aparentemente risible, aparentemente inconsecuent, pero necesaria- que nos lleva a buscar un conocimiento de lo cotidiano siempre más inmediato.
Henri Lefebvre habla del Gran Pleonasmo.

Queremos estar al corriente de todo lo que sucede en el mismo instante en que sucede. En nuestras pantallas, en nuestros oídos, no sólo se inscriben sin retraso las imágenes de los acontecimientos y las palabras que los trasmiten, sino que, en resumidas cuentas, no hay más acontecimiento que ese movimiento de trasmisión universal: «reinado de una tautología enorme».

Los inconvenientes de semejante vida pública e inmediatamente exhibida se observan ahora. Los medios de comunicación -lenguaje, cultura, poder imaginativo-, a fuerza de ser considerados tan sólo como medios, se desgastan y pierden su fuerza mediadora. Creemos conocer las cosas inmediatamente sin imágenes y sin palabras, Y en realidad sólo tenemos tratos con una prolijidad machacante que no dice nada ni muestra nada.

¡Cuántas personas encienden su aparato de radio y salen de la habitación, satisfechas con ese ruido lejano y suficiente! ¿Es esto absurdo? De ningún modo. Lo esencial no es que tal hombre se exprese y tal otro escuche, sino que, al no hablar ni escuchar a nadie en particular, haya no obstante habla y algo así como una promesa indefinida de comunicar, garantizada por el vaivén incesante de las palabras solitarias.

Es posible decir que, en esa tentativa para rescatar lo cotidiano en el ámbito de lo cotidiano, éste pierde toda fuerza de alcance: lo cotidiano ya no es lo que se vive, sino lo que se mira o se muestra, espectáculo y descripción, sin ninguna relación activa.

Se nos ofrece el mundo entero, pero en el modo de la mirada. Estamos exentos de la preocupación por los acontecimientos, porque hemos puesto en su imagen una mirada interesada, después simplemente curiosa, después vacía pero fascinada.

¿A santo de qué participar de una manifestación en la calle, puesto que en el mismo momento, en medio del reposo y la seguridad, gracias a un aparato de televisión, asistiremos a su manifestación misma, allí donde, producida-reproducida, se ofrece ante nuestra vista en su conjunto, haciéndonos creer que sólo tiene lugar para que seamos sus testigos superiores?

La práctica es sustituida por el pseudoconocimiento de una mirada irresponsable; el movimiento del concepto, que es una tarea y una obra, por la diversión de una contemplación superficial, despreocupada y satisfecha.

El hombre, bien protegido entre las cuatro paredes de su existencia familiar, deja venir hasta él el mundo sin peligro, con la certeza de que no ser cambiado en nada por lo que ve y escucha. 

La «despolitización» está ligada a ese movimiento. Y el hombre de gobierno que teme la calle, porque el hombre de la calle siempre siempre está a punto de convertirse en hombre político, se alegra de no ser más que un empresario de espectáculos, diestro en adormecer en nosotros al ciudadano para mantener despierto, en la semisombra de una semisomnolencia, tan sólo al infatigable mirón de imágenes.

Pese al desarrollo masivo de los medios de comunicación, lo cotidiano se escapa. Esa es su definición. Sólo podemos dejarlo escapar, si lo buscamos por el conocimiento, pues pertenece a una región donde todavía no hay nada que conocer, del mismo modo que es anterior a toda relación, si siempre ha sido dicho, al mismo tiempo que sigue estando informulado, es decir, más acá de toda información.

Maurice Blanchot
LA CONVERSACIÓN INFINITA
(Cap. El habla cotidiana)
Arena Libros 2008
(original Eds. Gallimard 1969)

lunes, 9 de septiembre de 2019

Blanchot, EL HABLA COTIDIANA, oblicua, sospechosa, sin descubrir, contradictoria

(serie dedicada a un trabajo de Blanchot sobre una clave existencial despreciada y necesitada de revisión incluso 50 años después de unos términos tan reveladores)

Lo cotidiano: no hay nada más difícil de descubrir.
En una primera aproximación, lo cotidiano es lo que somos en primer lugar y con más frecuencia: en el trabajo, en el ocio, en la vigilia, en el sueño, en la calle, en lo privado de la existencia.

Lo cotidiano es por tanto nosotros mismos de ordinario. En ese estadio, consideremos lo cotidiano como carente de verdad propia: el movimiento entonces consistirá en tratar de hacer que participe en las diversas figuras de lo Verdadero, en las grandes transformaciones históricas, en el devenir de lo que sucede ya sea abajo ( cambios económicos y técnicos), ya sea arriba (filosofía, poesía, política).

Se trataría en consecuencia de abrir lo cotidiano a la historia o incluso de reducir su sector privilegiado: la vida privada. Esto ocurre en los momentos de efervescencia -aquellos que se llaman de revolución-, cuando la existencia es de parte a parte pública.

Hegel, al comentar la ley sobre los sospechosos durante la Revolución Francesa, ha mostrado que, cada vez que se afirma lo universal en su brutal exigencia abstracta, toda voluntad particular, todo pensamiento separado están bajo sospecha. Actuar bien no es suficiente.

Todo individuo lleva en sí mismo un conjunto de reflexiones, de intenciones, es decir, de reticencias, que le encomiendan a una existencia oblicua.

Ser sospechoso es más grave que ser culpable (de ahí la busca de la confesión). El culpable tiene relación con la Ley, en la medida en que hace manifiestamente todo lo que hay que hacer para que ser juzgado, es decir, conducido al vacío del punto vacío que su yo escamotea.

El sospechoso es aquella presencia huidiza que no se deja reconocer y que, por la parte siempre reservada que él representa tiende no sólo a molestar, sino a plantear una acusación a la obra del Estado.

En tal perspectiva, cada gobernado es sospechoso, pero cada sospechoso acusa al gobernante y le prepara a convertirse en culpable, puesto que éste algún día tendrá que reconocer que él no representa el todo, sino una voluntad aún particular que sólo usurpa la apariencia de lo universal.

Por lo que hay que pensar que lo cotidiano es lo sospechoso (y lo oblicuo) que siempre escapa de la clara decisión de la ley, incluso cuando ésta intenta acorralar, por la sospecha, toda manera de ser indeterminada: la indiferencia cotidiana. (El sospechoso: el hombre cualquiera, culpable de no poder ser culpable).

Pero, en un nuevo estadio, la crítica (en el sentido en que Henri Lefebvre, al despejar «la crítica de la vida cotidiana», ha utilizado, ese principio de reflexión) ya no se contenta con querer cambiar la vida diaria abriéndola a la historia y a la vida política: querría preparar una transformación radical de la Alltiiglichkeit.

Cambio notable de punto de vista. Lo cotidiano ya no es la existencia media, estadísticamente comprobable, de una sociedad dada en un momento dado, sino una categoría, una utopía y una Idea, sin las cuales no se podría alcanzar ni el presente oculto, ni el porvenir detectable de los seres manifiestos.

El hombre (el hombre de hoy, el de nuestras sociedades modernas) está hundido en lo cotidiano y a la vez privado de lo cotidiano.

Y -tercera definición- lo cotidiano, es también la ambigüedad de estos dos movimientos, casi inasibles ambos. A partir de allí, se comprenden mejor las diversas direcciones en las cuales podría orientarse el estudio de lo cotidiano (interesando a veces a la sociología, a veces a la ontología, o el psicoanálisis, o la política, o la lingüistica, o la literatura).

Hay que contradecirse si uno quiere aproximarse a semejante movimiento. Lo cotidiano es la mediocridad (lo que rezaga y lo que resuena, la vida residual con que se rellenan nuestros cubos de basura y nuestros cementerios, desechos y detritus), pero sin embargo esa trivialidad también es lo más importante, si remite a la existencia en su espontaneidad misma y tal como ésta se vive, en el momento en que, al ser vivida, se sustrae a toda puesta en forma especulativa, quizás a toda coherencia, a toda regularidad.

Entonces, evocamos la poesía de Chejov o incluso de Kafka y afirmamos la profundidad de lo superficial, la tragedia de la nulidad. Siempre llegan a coincidir ambos aspectos, lo cotidiano con su lado fastidioso, penoso y sórdido (lo amorfo, lo estancado), y lo cotidiano inagotable, irrecusable y siempre incumplido y que siempre escapa de las formas o de las estructuras (en particular las de la sociedad política: burocracia, engranajes gubernamentales, partidos).

Y que entre esos dos opuestos puede haber cierta relación de identidad es lo que demuestra el leve desplazamiento del acento que permite pasar de uno a otro, cuando lo espontáneo, es decir, lo que se sustrae a las formas, lo informal, se convierte en lo amorfo y cuando (quizá) lo estancado se confunde con lo corriente de la vida, que también es el movimiento mismo de la sociedad.

Maurice Blanchot
La conversación infinita
(cap. El habla cotidiana)
Arena Libros 2008