sábado, 23 de marzo de 2019

Santayana, fe animal, esencias, inteligencia, materia

Las esencias que revelan mi propio ser son dramáticas y morales,

Es un prejuicio suponer que el espíritu es contaminado por la carne; se engendra ahí; y cuanto más variados sean sus instrumentos y fuentes, más copiosamente se manifestará, y más inconfundiblemente.

La inteligencia, la función más ideal del espíritu, es precisamente su punto de máxima intimidad con la materia, el de más evidente servidumbre a los modos materiales del ser.

La percepción, la inteligencia, el conocimiento, transcriben con exactitud ese modo de ser, profundamente ajeno al reposo en la intuición o al ensueño a la deriva.

No hay dilema alguno en la elección entre fe animal y razón, porque la razón es tan sólo una forma de la fe animal y dialécticamente resulta por completo ininteligible, aunque esté llena de agradable agilidad y confianza, como el trino de los pájaros.

El espíritu, la vigilia de la atención, no podría haber surgido por su propia cuenta; no contiene ninguna tendencia, ningún principio de selección, sino que es una disposición imparcial a conocer.

La intuición expresa la fusión inicial implicada en la respuesta a distancia, como si un emisario fantasmal de las cosas que se acercan hubiera irrumpido, cual heraldo en el salón de audiencias, anunciando su llegada.


George Santayana
Escepticismo y fe animal
Machado Libros 2011


Santayana, orden, caos

El caos está tal vez en tel fondo de todas la cosas; esto podría explicar por qué el orden perfecto es tan raro e incierto.

Si se ve sojuzgado por la forma en algún aspecto, el caos se venga y muestra su fundamental dominio acosándola con toda clase de violencias e insidiosos trastornos, hasta que la forma se descompone y vuelve a la anónima continuidad.
Porque si el caos existe, tal palabra no es una mera exclamación de impaciencia, ha de tener un desorden formal propio.

Toda disposición de los elementos es como es; cada movimiento toma su curso preciso.

Pero somos seres humanos que pensamos en términos morales, y damos el nombre de desorden a cualquier orden en el cual no podemos reconocer las esencias visibles a que estamos acostumbrados.

Caos es el nombre de un orden cualquiera que produce confusión en nuestras mentes.

De ahí que podamos decir paradójicamente que el descubrimiento de un nuevo caos en el corazón de la naturaleza puede signficar un adelanto en la ciencia.
La histora es un caos si intentamos inmponerle nuestras nociones morales. Para encontrar su verdadero orden, debemos dejarla fluir sin dirección, ofreciendo continuamente nuevas sugerencias de ideales que nunca realiza o que acaba por traicionar.

La naturaleza es lo suficientemente bien ordenada para haber producido el espíritu; y, sin embargo, lo bastante caótica como para haberlo dejado en libertad, es decir, sin obligación ninguna de imitar ni de amar sus antecedentes.

El orden de la naturaleza es cruel con el espíritu, juega con él como un gato con un ratón; y mediante esta cruel disciplina, lo desilusiona, lo dispensa de amar a la existencia, de confiar en el tiempo y el trabajo, y lo enseña a ser libre, a extender su amor a toda una jerarquía de perfecciones, a todas las cosas ordenadas, en que se halla el caos imparcial pronto a desarrollarse.

De manera que este mismo desorden, que atormenta y mortifca el espíritu, lo independiza, lo emancipa, lo dirige a una región del ser donde ningún caos es posible, porque allí todas las esencias son invioladas y perfectas en su clase; donde en fin, ningún orden es hostil a otro, y ninguna belleza enemiga de otra.

George Santayana
Orden y caos
en Dominaciones y potestades
Ed. KRK 2010


martes, 19 de marzo de 2019

Santayana, oficio, mente, espíritu

El oficio del filósofo consiste más bien 
en ser buen pastor de sus pensamientos.

La función de la mente se centra 
en incrementar la riqueza del universo 
en su dimensión espiritual, 
y lo logra añadiendo l
a apariencia a la sustancia 
y la pasión a la necesidad, 
así como creando 
todas esas perspectivas privadas 
y esas emociones de asombro, aventura, 
curiosidad y risa que la omniscencia excluiría.

La gran característica del espíritu humano, 
tal como yo lo entiendo, 
es su desamparo y misera; 
y es más miserable y desamparado 
cuando se imagina 
que es dominante e independiente; 
y su gran problema es el de la salvación, 
la purificación, el renacimiento que lo conduzca
 a un humilde reconocimiento 
de los poderes de que depende 
y a un sano disfrute de sus virtudes adecuadas.

En cualquier momento el espíritu florece
 inesperadamente; 
un poco de tierra y un poco de sol le bastan. 

Se desborda en el juego de los niños, 
así como en el ingenio 
y la sabiduría de las mentes maduras; 
ya que el espíritu puede superar 
fácilmente al mundo 
sin hacerle violencia, 
trasmutándolo en arte, amor y reflexión.


George Santayana
LOS REINOS DEL SER
en Prefacio e Introducción
Ed. FCE 1959


lunes, 18 de marzo de 2019

Iris Murdoch, separación, atención, unidad, amor

Cuando más se da cuenta uno

de la separación y la diferencia del resto de la gente

y se hace evidente que el otro hombre
tiene necesidades y deseos tan exigentes


como los de uno mismo

más difícil resulta tratar a una persona

como una cosa.





La dirección de la atención es,

en contra de la naturaleza,

exterior, lejos del yo,

que todo lo reduce a una falsa unidad,

hacia la gran y sorprendente variedad.


Y la habilidad de dirigir así la atención
es el amor.


(Iris Murdoch
La soberanía del bien)

domingo, 17 de marzo de 2019

Quignard, mayéutica, noética

Macrobio  comparó  extensamente  la  representación  intelectual  que  procura  tomar  forma,  que  se  esfuerza  por desarrollar  sus  argumentos  en  el  fondo  de  la mente  del  hombre  maduro,  con  el  cuerpito  embrionario  que  crece  y  ex tiende  y  singulariza  sus  órganos  en  el  agua  tibia  y  eufórica que  contiene,  en  una  bolsa  de  piel  cerrada,  por  largo  tiempo  sellada  y  casi  hermética,  el  vientre  materno.
La  noética,  he  noetiké  techné,  define  el  arte  de  hacer surgir  los  conceptos.  La  mayéutica,  he  maieutiké  techné, define  el  arte de  ayudar  a  parir  niños.  En  griego, el  maieuma que  resulta  de  ello  designa  al  recién  nacido,  de  la  misma manera  que  el  noema  designa  el  contenido  del  pensamierw to.  De tal modo,  el  noema  griego  se  llama en  latín  conceptus y  desemboca  en  el  francés  concepto. 
El  contenido  de  pensamiento  es  algo  concebido  por  el  espíritu.
La  maieusis  designa  la  tan  aterradora  metamorfosis  activa  del  parto  de  las  mujeres  - no  solamente  sobre  la  tierra sino  también  a  la  luz  del  día -  que  es  la  reproducción  social en  sí  misma.  La  maieusis,  que  renueva  las  sociedades  humanas,  remite  al  dolor  natal,  a  la  violencia  intrusiva, pneumática,  sonora,  sangrienta,  como  la  noesis,  que  designa  el  movimiento  atento  de  pensar,  remite  a  la  contención psíquica  y  al  desgarramiento  trágico  entre  dos  tesis  hostiles  que  se  enfrentan  perpetuamente  entre  sí.
La  maieutria  nombra  a  la  mujer  “sabia” (sage-femme)  y  esa  extraña “sabiduría”  remitió  desde  el  origen  al  “sabio”  que  está  contenido  en  “philo-sophos”,  es  decir,  aquel  que  “ama  al  sabio”.
Pero  si  la  partera  (sage-femme)  es  elegida  por  Sócrates  porque  se  trata  de  su  madre,  el  filo-sabio  omite  decir  que  su  padre,  como  la  génesis  misma  (la  genética  anterior  a  la  reproducción  sexual),  esculpía.  Porque  hay  una  simbólica prelingüística.  Hay  dos  vías:  imágenes  y  palabras,  ...
Es  la  madre  como  continente.  Luego  hay  un  Referente (antes  de  la  división  significante/significado  de  la  lengua  oral) y  es  la  madre  perdida.  Es  la  madre  como  otro  cuerpo,  como objeto  en  el  segundo  mundo,  después  del  nacimiento  y  el  grito  antes  del  aliento. 
De tal modo,  la  identificación  proyectiva sería  el  primer  pensamiento.  Es  una  noesis  antes  de  ser  un noema.  Es  una  cacería  de  lo  que  se  pierde.  Una  búsqueda  de aquello  que  hemos  perdido.  Se  proyectan  contenidos  hacia el  Continente,  hacia  lo  Nutricio,  hacia  la  Madre,  hacia  los senos  de  la  madre,  hacia  el  alimento  de  la  madre,  hacia  el pensamiento  de  la  madre,  hacia  la  anterioridad  de  la  madre.
Pascal Quignard
Morir por pensar
Último reino IX
Ed. El cuenco de plata 2015

lunes, 4 de marzo de 2019

John Gray, Perros de paja, ateísmo, politeísmo, cristianismo

EL ATEÍSMO, CONSECUENCIA ÚLTIMA DEL CRISTIANISMO
  El no creer es un movimiento más en un juego cuyas reglas están fijadas por creyentes. Negar la existencia de Dios implica aceptar las categorías del monoteísmo. A medida que dichas categorías caen en desuso, el no creer pierde su interés y acaba pronto por perder también su sentido. Los ateos afirman querer un mundo secular, pero un mundo definido por la ausencia del dios de los cristianos no deja de ser un mundo cristiano. El secularismo es como la castidad: una condición definida por aquello que niega. Si el ateísmo tiene algún futuro, solo podrá ser en el marco de un renacer cristiano; pero, en realidad, el cristianismo y el ateísmo están decayendo a la vez.
El ateísmo es una flor tardía de la pasión cristiana por la verdad. Ningún pagano está dispuesto a sacrificar el placer de la vida por la mera verdad. Valora más la ilusión con estilo que la realidad sin adornos. Para los griegos, la meta de la filosofía era la felicidad o la salvación, no la verdad. La veneración de la verdad es un culto cristiano.
Los antiguos paganos tenían razón de estremecerse ante la burda sinceridad de los primeros cristianos. Ninguna de las religiones mistéricas que tanto abundaban en el mundo antiguo afirmaba lo que los cristianos proclamaban: que todos los demás credos estaban equivocados. Por ese mismo motivo, ninguno de sus seguidores podía llegar nunca a ser un ateo. Cuando los cristianos insistieron en ser los únicos poseedores de la vendad, censuraron la exuberante profusión del mundo pagano con una finalidad condenatoria.
En un mundo de múltiples dioses, el descreimiento nunca puede ser total. Solo puede ser la negación de un dios y la aceptación de otro o, como mucho —como en el caso de Epicuro y de sus seguidores—, el convencimiento de que los dioses no importan, puesto que hace mucho tiempo que han dejado de interesarse por los asuntos humanos.
El cristianismo golpeó directamente la raíz de la tolerancia pagana de la ilusión. Al reivindicar la exis-tencia de una única fe verdadera, confirió a la verdad un valor supremo que nunca antes había tenido. Al mismo tiempo, hizo posible por vez primera la incredulidad en relación con lo divino. El efecto retardado de la fe cristiana fue una idolatría de la verdad que halló su más completa expresión en el ateísmo. Si vivimos en un mundo sin dioses, hemos de agradecérselo al cristianismo.

CONTRA EL FUNDAMENTALISMO (RELIGIOSO Y CIENTÍFICO)

  Los fundamentalistas religiosos ven en el poder de la ciencia la fuente principal del desencanto moderno. La ciencia ha suplantado a la religión como la fuente central de autoridad, pero a costa de hacer la vida humana accidental e insignificante. Si queremos que nuestras vidas tengan algún sentido, se ha de derrocar el poder de la ciencia y restaurar la fe.

Pero la ciencia no puede ser eliminada de nuestras vidas por un acto de voluntad. Deriva su poder de la tecnología y esta está cambiando nuestra manera de vivir con independencia de lo que nos propongamos.

Los fundamentalistas religiosos creen tener remedios para los males del mundo moderno. En realidad, ellos mismos son síntomas de la enfermedad que pretenden curar. Esperan recuperar la fe irreflexiva de las culturas tradicionales, pero esa es una fantasía característicamente moderna.

No podemos creer lo que nos parezca: nuestras creencias son vestigios de unas vidas (las nuestras) que no hemos podido elegir. No podemos invocar una determinada visión del mundo como y cuando se nos antoje. Una vez desaparecidos, ya no hay forma de rescatar de nuevo los modos de vida tradi-cionales. Cualquier cosa que ideemos tras su estela no hará más que sumarse al clamor de novedad incesante. Cuando la ciencia resulta tan omnipresente en sus vidas, las personas, por mucho que lo deseen, no pueden regresar a un escenario precientífico.

Los fundamentalistas científicos aseguran que la ciencia es la búsqueda desinteresada de la verdad. Pero cuando la ciencia es representada de ese modo, se obvian las necesidades humanas a las que sirve. Entre nosotros, la ciencia satisface dos necesidades: la de esperanza y la de censura. Solo la ciencia sirve actualmente de apoyo para el mito del progreso.

Si las personas se aferran a la esperanza del progreso, no es tanto por una creencia genuina como por el miedo a lo que puede venir si abandonan esa esperanza.

Los proyectos políticos del siglo XX han fracasado o han conseguido mucho menos de lo que habían prometido. Sin embargo, dentro del ámbito de la ciencia, el progreso es una experiencia cotidiana, confirmada cada vez que compramos un nuevo artilugio electrónico o ingerimos una nueva medi-cina. La ciencia nos da una sensación de progreso que la vida ética y política no puede proporcionarnos.

Y solo la ciencia tiene poder para silenciar a los herejes. Hoy en día, es la única institución que puede afirmar esa autoridad.

Al igual que la Iglesia en el pasado, tiene poder para destruir o marginar a los pensadores independientes. (Piénsese en cómo reaccionó la medicina ortodoxa ante Freud, o los darwinianos ortodoxos ante Lovelock). De hecho, la ciencia no proporciona ninguna imagen fija de las cosas, pero al censurar a aquellos pensadores que se aventuran más allá de las actuales ortodoxias, preserva la confor-tante ilusión de una única cosmovisión establecida. Puede que esto sea desafortunado desde el punto de vista de alguien que valore la libertad de pensamiento, pero es indudablemente la principal fuente del atractivo de la ciencia. Para nosotros, la ciencia es un refugio que nos protege de la incertidumbre y que promete —y, en cierta medida, consigue— el milagro de libramos del pensamiento, en la misma medida en que las iglesias se han convertido en santuarios de la duda.

Bertrand Russell —un defensor de la ciencia que hacía gala de una mayor prudencia que la de sus actuales ideólogos— afirmaba lo siguiente: "Cuando hablo de la importancia del método científico en relación a la conducta de la vida humana, me refiero al método científico en sus formas mundanas. N o por eso tengo en menos la ciencia como metafísica, ya que el valor de esta, en este aspecto, pertenece a otra esfera. Pertenece a la esfera de la religión, del arte y del amor; a la de la persecución de la visión beatífica; a la de la locura de Prometeo, que hace esforzarse a los más grandes hom-bres en llegar a ser dioses. Quizás el valor último de la vida humana se encuentre en esta locura a lo Prometeo; pero es un valor religioso y no político, ni aun moral."

La autoridad de la ciencia procede del poder que da a los seres humanos sobre su entorno. Es posible que, de vez en cuando, la ciencia logre desligarse de nuestras necesidades prácticas y sirva al propósito de la verdad.

Pero creerla el epítome del estudio de la verdad es, en sí, precientífico: supone separar la ciencia de las necesidades humanas y hacer de ella algo que no es natural, sino trascendental. Concebir la ciencia como la búsqueda de lo verdadero supone renovar la creencia mística (la misma de Platón y san Agustín) de que la verdad gobierna el mundo (o, lo que es lo mismo, que la verdad es divina).


ELOGIO DEL POLITEÍSMO
  Ningún politeísta imaginó nunca que la humanidad pudiera llegar a vivir conforme a un modelo único, porque los politeístas daban por sentado que los seres humanos adorarían siempre a dioses distintos. Solo con la llegada del cristianismo llegó a ganar arraigo la creencia de que todo el mundo podía amoldarse a un único modo de vida.
Para los politeístas, la religión es una cuestión de práctica, no de creencia. Y hay múltiples tipos de práctica. Para los cristianos, la religión es una cuestión de creencia verdadera. Si solo hay una única fe auténtica, cualquier otro modo de vida en el que esta no sea aceptada ha de estar equivocado.
Los politeístas pueden ser celosos de sus dioses, pero no son misioneros. Sin el monoteísmo, el ser  humano habría continuado siendo uno de los animales más violentos, pero se habría ahorrado las gue-rras de religión. Si el mundo hubiese seguido siendo politeísta, no podría haber producido el comunismo ni el «capitalismo democrático global».
Es agradable soñar con un mundo sin credos militantes, ni religiosos ni políticos. Agradable, pero ocioso. El politeísmo constituye una forma de pensar demasiado delicada para las mentes modernas.


Pasajes de
 "Perros de Paja"
de John Gray

sábado, 2 de marzo de 2019

John Dewey, crítica de la simpatía o empatía en ética

La simpatía es un instinto natural genuino que varía de intensidad según los distintos individuos. Es un precioso instrumento para el desarrollo del entendimiento social y la socialización del afecto; sin embargo, en sí misma, está en el mismo plano que cualquier dotación natural.
Puede conducir al sentimentalismo o al egoísmo; el individuo puede hundirse en escenas de sufrimiento por el dolor que le causa, o puede ir en pos de joviales compañeros por los simpáticos placeres de obtiene.
O puede que la simpatía lo mueva a trabajar por el bien de los demás; sin embargo, a causa de la falta de deliberación y cuidado, puede ser muy ignorante sobre en qué consiste realmente el bien de los demás y hacer mucho daño.
La simpatía instintiva no es imparcial: puede atar a la familia o a las personas más cercanas de tal manera que se las favorezca en detrimento de los demás, y conduzca en la práctica a la injusticia para quienes esté fuera del círculo de afortunados.
John Dewey

citado en 
Ética sin ontología
de Hilary Putnam
Ed. Alpha Decay 2013